Probablemente leeré esto en una semana más y
tendré cara de complacencia pues todo habrá pasado y pensaré que sigo siendo la
misma chicuela de hace diez años cuando mi mayor sacrificio suponía estar
sentada todo el día frente al ordenador junto a mis libros pretendiendo
estudiar. ¡Y es que lo que mejor sé hacer en la vida es pretender ser! Nadie puede
culparme por esta autoproclamada habilidad que nadie más posee pues yo siempre
será la mejor cuando de imaginar cosas se trata.
Es este minuto soy ayudante de investigación de
un destacado letrado que me entrega sus informes de academia escritos a mano
para que yo los pase en limpio en su máquina de escribir pues es un hombre muy
antiguo y poco osado que casi nada se atreve a innovar y que –a modo de confesión– cuando le hice
algunas sugerencias de fondo sonó le tourbillon y terminé con sus primeras ediciones
encajadas en mi cabeza. ¿Y qué más da? si a mí nada me importa porque el amor
va primero y puedo aguantar algunas
páginas volando por la habitación, incluso las puedo volver a ordenar y coser a
mano ¡de algo que haya servido las clases de bordado del internado!.
L’adolescente – Jeanne Moreau

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